La verdad

por | Jun 3, 2026 | Acompañamiento | 0 Comentarios

Muchas personas discuten, se enfadan e incluso rompen relaciones por querer tener “la verdad”. Pero, si lo pensamos profundamente, la Verdad absoluta, con mayúsculas, probablemente no la tiene nadie.

Cada persona vive la realidad desde su propia historia, sus heridas, sus experiencias y sus emociones. Por eso, más que una única verdad, existen muchas verdades personales.

Dos personas pueden vivir una misma situación de manera completamente distinta. Una puede sentirse abandonada mientras la otra siente que hizo todo lo posible. Una puede creer que actuó por amor y la otra recibirlo como control. ¿Quién tiene la verdad? Tal vez ambos están viendo solo una parte.

Eso no significa que todo sea justificable. Cuando hay maltrato, manipulación o daño consciente, claramente hay conductas que no están bien. El sufrimiento de una persona no debe minimizarse ni relativizarse.

Pero en terapia ocurre algo muy interesante y, muchas veces, difícil de sostener emocionalmente. ¿Qué hace un terapeuta cuando llega a consulta alguien que ha hecho mucho daño?

La reacción más fácil sería juzgar. Etiquetar rápidamente a esa persona como “mala”. Sin embargo, el trabajo terapéutico no consiste en dictar sentencia, sino en comprender. Escuchar no significa justificar. Comprender no significa aprobar.

Un terapeuta intenta entender cuál es la verdad interna de esa persona:

¿Qué aprendió sobre el amor?

¿Qué heridas carga?

¿Desde qué dolor actuó?

¿Qué mecanismos desarrolló para sobrevivir emocionalmente?

¿Es consciente del daño que causó?

Muchas veces, detrás de personas que dañan, hay historias de abandono, violencia, rechazo o profundas carencias emocionales. Eso no borra la responsabilidad sobre sus actos, pero ayuda a entender que nadie nace queriendo destruir a otros.

Y aquí aparece algo importante, comprender la verdad del otro no obliga a tolerar el daño. Podemos entender a alguien y al mismo tiempo poner límites. Podemos escuchar su historia sin negar el sufrimiento de quien fue herido.

En la vida cotidiana esto también sucede constantemente. Discutimos creyendo que nuestra mirada es la única válida. Escuchamos para responder, no para comprender. Queremos ganar conversaciones en lugar de entender qué hay detrás de las palabras del otro.

Tal vez la madurez emocional no consiste en tener siempre razón, sino en aceptar que nuestra mirada es solo una parte del mapa.

Cuando dejamos de obsesionarnos con “tener la verdad”, aparece algo mucho más valioso: la capacidad de escuchar, comprender y mirar al otro con más humanidad.

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