Cuando mi familia fue víctima de un delito y quemaron nuestra caravana, comenzó para nosotros un proceso que jamás imaginamos: el de buscar justicia. Lo que parecía un trámite sencillo para reclamar los daños materiales y el impacto emocional que sufrimos terminó convirtiéndose en una experiencia frustrante con el sistema judicial.
Tras meses de procedimientos, el juzgado dictó una sentencia con un error que reducía a la mitad la indemnización que nos correspondía. Al llamar para informar del fallo y solicitar su corrección, recibí una respuesta que jamás olvidaré: «Contrate un abogado y un procurador para recurrirlo».
Me quedé en shock. ¿Cómo podía ser necesario gastar más dinero para reclamar un importe que ya estaba depositado en el propio juzgado y que, por derecho, nos pertenecía? ¿A quién beneficiaba realmente ese error administrativo?
Esa situación me llevó a reflexionar no solo sobre mi caso, relativamente “pequeño”, sino sobre lo que deben vivir quienes enfrentan delitos graves como agresiones, malos tratos o asesinatos. Si para una víctima de daños materiales el camino ya es desgastante, ¿cómo será para quienes cargan con traumas más profundos? El sistema debería proteger, no añadir dolor ni obstáculos.
Además del perjuicio económico, también sufrí el agotamiento emocional de enfrentar una burocracia que parece más un laberinto que un camino hacia la justicia. Las instituciones, que en teoría deberían ser un apoyo firme, a menudo se comportan como muros difíciles de escalar. Y es entonces cuando uno entiende que la justicia no se limita a ganar o perder un procedimiento, también se trata de preservar la dignidad y de sentir que no estás solo ante la adversidad.
Con el tiempo comprendí que, aunque el sistema judicial falle, cuestionarlo y exigir lo que corresponde también es una forma de justicia. La enseñanza que me quedó es clara, ninguna víctima debería tener que demostrar dos veces su derecho a ser tratada con respeto.
Mientras esa realidad no cambie, es esencial que quienes vivimos estas experiencias alzamos la voz y visibilicemos las grietas del sistema. Solo así podremos aspirar algún día a una justicia más humana, transparente y responsable, donde cada causa, grande o pequeña, sea atendida con la empatía que merece.
