Creo que cada uno recuerda vivamente personas que han conocido, antes, hace tiempo… Sientes que no las has perdido, aunque ya no estás en contacto. Pero de vez en cuando te llegan a la mente o tocan tu corazón.

Eso me pasa con Y. La voy a llamar ‘La bailarina’ por respetar su identidad y circunstancias. Además, el nombre que uso le va a gustar. Vivía una vida corta, pero ha reído más que muchas que leen este post han hecho en su vida entera.

La bailarina nació en una familia de rubios. Tenía 5 hermanos y hermanas que ya no eran niños pequeños en ese momento. La bailarina nació morenita, pelo negro y piel bastante colorida. El Papa sabía que no era de él. Mamá marchó un año después con su amante dejando los 6 niños con papá.

Cuando conocí a la bailarina, tenía 7 años, yo 20.
Ya no podía ir al cole ‘normal’ porque sus síntomas físicos necesitaban atención que allí no podían darle. Tenía un tumor en la cabeza. Inoperable.

Pequeñita, finita, sonrisa grande en su carita finita con dientes grandes y su boca hacia delante como una ratoncita. Verla era reír. Caminaba tambaleándose. Venía cada día al cole e iba a casa por la noche. Comer hacía en mi grupo, formado por 4 internos y 3 niños que solo venían a comer. Era mi pequeña familia, mis niños.

La bailarina era alegría pura. Ni le bajaba el nivel cuando no podía ir ya a casa por las tardes, ni cuando entró en su primera silla de ruedas, ni cuando ya no podía comer sola, ni cuando casi no podía hablar. Ahora era día y noche parte de esta pequeña familia en el centro.

Risa, risa y risa. Bailarina, me has enseñado mucho. Alegrar la vida de tu alrededor cuando tu propio camino va a la destrucción.
Yo creo en un propósito de vida, en algo que venimos a aprender por corto o largo tiempo que estamos aquí. Me gustaría creer que la bailarina ha cumplido lo suyo.

Me acuerdo de los cuentos que contamos en la alfombra, el baño inundado después de una hora compartir la bañera con su amiga, la gran mesa redonda en que comimos todos. Recuerdo un día. Yo comiendo bocadillo con queso, a mi derecha daba trozos de pan con mermelada y a la izquierda era pan con nocilla. Bocata para mí, una a la derecha, otra a la izquierda. Estaba tan absorta en las interacciones de la mesa que no sé qué pasó, pero ya tenía yo la mermelada en mi boca.

He podido vivir con la bailarina en sus mejores años. Después me fui, y creé mi propia familia. Ese grupo del centro se ha quedado para siempre conmigo. Todos los niños tenían algo especial, aunque hoy escribo de la bailarina.

Espero que ahora pueda bailar, que es libre, que siga sonriendo y riendo. Han pasado 40 años. He olvidado cuántos años había cumplido, 12…casi 14…antes de irse de este mundo. Esta noche me ha venido a visitar. Repaso los recuerdos y felicito a esa campeona.

En el centro había mucha alegría, era un ambiente tan bonito, unas 12 familias pequeñas en una casa enorme. Entre el día iban al cole y a las terapias y después, a casa en el mismo lugar. Todo era tan normal en este lugar con tanta anormalidad.

Compartir esta historia no he hecho nunca con nadie. Aquí está escrito en honor de Y, la bailarina. Gracias por los recuerdos. Gracias por haber sido parte de tu vida. Gracias por tu risa. Has sido una gran maestra, y sin haber tenido que estudiar por ello.

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