Cuando nos cuesta reaccionar…

por | Abr 8, 2026 | Acompañamiento | 0 Comentarios

Cuando nos cuesta aceptar la realidad de nuestros hijos o seres queridos, la ayuda se retrasa…

Como madres y padres, queremos proteger a nuestros hijos. Sin embargo, hay momentos en los que, sin darnos cuenta, esa protección puede dificultarnos ver lo que realmente está ocurriendo.

Lo digo también desde lo personal. Hubo un momento en el que sabía que algo no iba bien con mi hija, pero no actué. A veces da vértigo ponerle nombre a lo que intuimos, como si al hacerlo se volviera más real. Y, en cierto modo, eso fue lo que pasó: finalmente debutó con diabetes, y aún hoy me pregunto si haber actuado un mes antes podría haber evitado la gravedad de ese momento y no había llegado a intensivo.

Con otra de mis hijas viví algo diferente, pero igual de complejo. Durante su adolescencia le costaba mucho expresar lo que sentía. Yo me sentía impotente, sin saber cómo llegar a ella, y eso hizo que pasaran casi dos años hasta que encontré la manera de atravesar ese “escudo” que había construido.

Estas experiencias me enseñaron algo importante: no siempre es falta de atención o de cuidado. A veces es miedo, bloqueo o dificultad para aceptar lo que puede estar pasando y silenciándonos como padre o madre queremos evitar la realidad. Pero cuanto antes podamos mirar de frente, antes podremos acompañar de verdad.

Aceptar que un hijo puede estar sufriendo, especialmente cuando se trata de temas delicados como la salud mental o la alimentación, no es fácil. A veces aparecen dudas, negación, minimización o la esperanza de que “ya se le pasará”. Otras veces confiamos en que con ciertos cambios externos será suficiente.

Pero el malestar emocional no siempre desaparece solo.

En consulta, es frecuente encontrarse con situaciones en las que las señales estaban presentes desde hacía tiempo, pero por diferentes motivos no se pudo o no se supo actuar antes. No por falta de amor, sino porque hay barreras emocionales que también forman parte de ser padres. El miedo, la culpa, la dificultad para aceptar que algo no va bien.

Ejemplos que invitan a reflexionar

Lucía, de 13 años, empezó a perder peso de forma progresiva. En casa lo interpretaban como “una etapa” o como parte de su interés por cuidarse y hacer deporte. Aunque se sugirió la posibilidad de iniciar un acompañamiento psicológico, la familia decidió centrarse únicamente en el aspecto nutricional. Con el paso de los meses, el malestar fue aumentando hasta que finalmente necesitó un ingreso hospitalario por un trastorno de la conducta alimentaria.

En otro caso, Marcos, de 15 años, comenzó a mostrar ansiedad intensa relacionada con el rendimiento académico. Sus padres pensaban que era simplemente exigente consigo mismo y que “eso le ayudaría a llegar lejos”. Sin embargo, la presión fue creciendo, aparecieron crisis de ansiedad y un bloqueo importante. Cuando finalmente acudieron a consulta, el malestar llevaba tiempo interfiriendo en su vida diaria.

Mirar más allá de lo evidente

El problema no es tener dudas o resistencias. Es humano. El problema aparece cuando esas barreras nos impiden ver con claridad o pedir ayuda a tiempo.

Escuchar a los profesionales, aunque a veces resulte incómodo o difícil de aceptar, puede marcar una gran diferencia. Insistir en una valoración más profunda, abrirse a otras opciones o simplemente detenerse a observar con honestidad lo que está ocurriendo puede ser clave.

Porque cuando se trata del bienestar de nuestros hijos, llegar a tiempo importa.

Y pedir ayuda no significa haber fallado como padres, sino todo lo contrario: significa estar dispuestos a hacer lo necesario para acompañarlos de la mejor manera posible.

Suscríbete a mi blog

Contáctame

+34 619 04 27 60
cleo.h.999@protonmail.com